Memorias Perdidas: 12 – Carta Póstuma (Parte IV)

La luna ha llorado, los mares han gruñido al cielo ajeno, los dioses antiguos han muerto y sus estrellas no son mas que fantasmas. La Tierra desolada, envuelta en las sombras de la incertidumbre, gira en su danza cósmica por siempre jamás; nuestras esperanzas se han marchitado sobre nosotros y el corazón de los hombres se ha vuelto de carbón. El canto de las sirenas ante la catástrofe que se avecina inunda las almas de los desdichados. Los ángeles están de luto, hoy visten el negro. El fin se acerca, como un ladrón a través de la noche; el fin soy yo.

Anónimo


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Memorias Perdidas: 11 – Carta Póstuma (Parte III)

La fe no se trata de la esperanza hacia algo que existe ajeno a nosotros, a algo más allá de nuestra experiencia inmediata, sino que es la irresoluble manera en que el universo se comunica, pues es este quien cree en nosotros. Nosotros somos el eco de algo y eso nos llama. Siempre nos está llamando. En esta afirmación no estoy explicando el objeto de la creencia, sino la fuerza que nos mueve a creer. Esta fuerza funciona como un imán que atrae todas sus partes, dado que todas las partes que por fuerza de la materialización fueron separadas en esa creencia se vuelven a unir, es un deseo innato que se deforma en los contextos culturales en forma de instituciones religiosas que se han desviado del camino primordial de la unión. Algunos sostienen que esta fuerza es simplemente el miedo a estar solos, sería entonces el temor lo que mueve a la fe, el miedo a la soledad tanto en la vida como en la muerte. Lo cual no es errado del todo, pues ese miedo a la soledad, no es otra cosa que el miedo a no volver a la unión original. Pero al final todo volverá a ser lo que siempre fue.

Fragmento de La Profecía del Suicidio, autobiografía escrita por el joven alemán Gerhart Schmidt de 19 años en el año 2029, que tras la finalización de la obra el autor se quitó la vida. Seguir leyendo “Memorias Perdidas: 11 – Carta Póstuma (Parte III)”

Desencuentro

1

Tomás dubitaba en la calle. Sus dedos temblaban, su cuerpo sudaba, la tensión que lo hostigaba tensaba sus músculos y endurecía su mandíbula. ¿Qué era lo que le afectaba? El recuerdo lo retraía a varias semanas atrás, cuando el olor del perfume de ella lo tenía fresco en su nariz y cuando la sensación de su piel bajo las yemas de sus dedos aún daban calor a todo su cuerpo. No estaba seguro de lo que había pasado entre ellos. Todo había sido confuso, complicado y profundamente pasional. Pero ya nada quedaba de todo eso, el tiempo y los hechos lo habían destruido todo. Así que esa tarde, cuando pasó por aquella calle donde estaba aquel edificio donde todo había empezado, a Tomás no le quedaba otra que evitar ver sus paredes corroídas, ver la estructura, anular por completo su existencia.
Y cuando corrió la vista negando aquello fue entonces cuando no vio el coche al cruzar la calle. El amor lo mató.

2

Había agarrado el lápiz y había comenzado a sincronizar su cabeza y corazón. Elevó sus pensamientos como un monje asiático cuya existencia se alejaba de la experiencia cotidiana del occidente individualista; deseaba expresar sus pensamientos, sus sensaciones, aquello que giraba en su espíritu como un tornado de alusiones cognitivas abismales de su perdida alma. Escribió entonces una carilla, llevado por una demoníaca energía que lo llenaba de un frenesí, creía poder alcanzar aquel punto de su existencia que enraizaba en el sentido de su vida. Pero algo lo detuvo, algo que no podía identificar. Era un muro negro, alto como un rascacielo y de cuyo cimiento se originaba en el frío recóndito de su propia realidad. Tensado como una cuerda a punto de cortarse cogió la hoja y la arrugó, aún con la esperanza de conseguirlo en el siguiente intento, decidió así volver a empezar.

3

Había dibujado en las paredes. Primero eran líneas horizontales, luego le siguieron las verticales. No estaba seguro de lo que hacía, se dejaba llevar por ese montículo de pensamientos que llevaba dentro de su cabeza. No sabía las razones que lo llevaban a bosquejar aquella pared con líneas cruzadas. ¿Qué era aquello que intentaba representar? sus pensamientos eran confusos, complejos y perturbadores. No sabría encontrar el origen de aquello que lo impulsaba. Cuando acabó de hacer las líneas se sentó delante de la pared y quedó allí, pensativo. Meditaba sobre aquello, intentando de encontrar el origen. La raíz de aquel dibujo que salía de sus entrañas, como una bilis mal contenida. El pensamiento se le puso delante como una nube negra, sus manos se elevaron hacia aquello, sus sentidos se despertaron. sus ojos visionaron un resplandor, una luz enceguecedora que eclipsó su alma y sus sentidos; la luz era tan bella y magnífica que sintió un temblor en su corazón que no supo entender. Luego oyó el tronar de la nube como un terremoto que fisuró su alma y rajó por completo su corazón; aturdido dejó brotar un llanto en su rostro sin entender aquel dolor. Finalmente en su estómago sintió el más terrible de las aflicciones, un sentimiento lleno de ansiedades que petrificó su cuerpo y tumbó por completo su orden. Y entonces, entendido de aquello que le afectaba terminó el dibujo: detrás de las líneas se dibujó a sí mismo, atrapado por aquel sentimiento que lo había enclaustrado. Entonces contempló su obra, y allí quebrado lloró.

I

No había que buscar la ventana. Desde algún tiempo inclasificable optó por darle la nuca al racimo de sol polizón que se colaba por el rectángulo del cuarto. Si miraba para afuera aparecía en la pared del edificio de enfrente un teatro de sombras que dibujaba la epopeya de la vida ajena, y esa noción de vitalidad cotidiana escrita épicamente era agua entre los dedos. El foco siempre era eso; otra cosa en un revoque blanco decorado por la intermitencia de un mundo deformado por la parcialidad. La caverna platónica.
Así era fácil respirar la asfixia de las cuatro paredes, llevar la cuenta de la vida sepultada por los días que marcaba con la hebilla del reloj de pulsera en el piso. Cada tanto se animaba a esperar que la puerta se divorcie de la cerradura con un golpe seco. Sin saber si el impulso vendría de su lado o el otro. Creyendo en Dios sólo porque ignoraba que hace tiempo Dios había dejado de creer en ella.

II

Camila cimentó el cuerpo en la baranda del balcón, con la comodidad de un andamiaje natural, esperando que baje o suba -cualquier verticalidad- la tuca convidada. Cuando se animó a cerrar las persianas de los parpados, en esa eternidad que abarcaba cuatro o cinco segundos, la brújula del cuerpo se enloqueció por el magnetismo de la cabeza. Entonces los puntos cardinales tironeaban en una yuxtaposición de caminos: el estómago en la inminencia del inodoro, el tímpano seducido por la órbita del disco sonando en el comedor y las retinas palpitando por el movimiento extinto de la calle, dormida como el sol.
Sólo el pensamiento, es decir la seguridad del norte, iba limpio hasta un continente donde los moretones no ardían ni el insomnio hacía nido en camas prestadas. Allá no se asomaba en el horizonte el recuerdo de un feto huérfano de padre, robado de vida. Esencialmente nómada, saltó.

III

En el monitor veía el mapa de un futuro fósil. No tenía claro si era el ácido del humo urbano, tan presente en los Marlboro su marido emancipado, o a su debilidad por algún tinto en navidad. Capaz almorzó la seguridad de un profesional despreocupado sin pensarlo, y así reivindicó la dieta de copas ocasionales y la purga de calorías en el trote semanal por la plaza de la vuelta.
Ahora los muebles de rebaja, esa cuna de pino amarillento por ejemplo, y las prendas que calzarían apenas un mes iban a pasar a su tercer sobrino, ese que seguro logra asomar a un mundo sin primos porque le supieron limpiar el camino. Después de un luto sin forma, se tenía que arrancar de nuevo; la intimidad artificial sólo para que, ojala esta vez, llegue el último ángulo del isoceles, la tercera pata que sostiene precariamente la silla bípeda.

La deuda

-Che Critón, enserio, no te vayas a olvidar el gallo que le debemos a Asclepio, yo lo conozco bien y sólo sé que cuando no le pagás lo que le debés, se encoleriza en serio, como buen comerciante que es. Te lo repito porque, como sabés, soy inseguro y temo a la desmemoria, además no creo que mañana esté y el único que sabe de nuestra deuda sos vos – dijo Sócrates a su discípulo mientras permanecía soñoliento sobre el frío mármol, cubriéndose con su arrugada túnica que era desestimada con unas cuantas manchas violetas que habían quedado de banquetes atrás.

-Vos no te preocupes papá, tengo todo bajo control. Es más, hasta recuerdo el mismo día que se lo pedimos y todo, es imposible que me olvide, lo recuerdo desde ese día, no es que sea tan importante sino que intento ser lo más responsable posible. Igual, gracias por recordármelo – le contestó Critón mientras acomodaba unos escritos debajo de su brazo derecho, mientras que con el izquierdo tocaba la frente de su amigo acostado.

Sócrates y Critón se habían juntado una noche sin avisarle a los demás. Se jactaban de ello porque realmente necesitaban charlar acerca de cuestiones que aquejaban la acrópolis. Anteriormente habían dirimido en dónde se juntarían y, cuando Sócrates hizo la pregunta, Critón se quedó en silencio esperando que Sócrates, ya con un semblante ofuscado, diga: “Vení Critón querido, vení a casa”. Cuando Sócrates dijo más o menos algo parecido, y los pájaros se iban despidiendo de la plaza para posarse en el Partenón, recordó que su esposa, Jantipa, era una mujer que se acostaba siempre temprano, para madrugar y hacer los quehaceres de la casa, ya que su esposo deambulaba de temprano por las pedregosas calles de Atenas y sus tres hijos salían apaciblemente a contraer el escaso divertimento que apañaba la ciudad.

-Entonces hacemos ésa – dijo Sócrates -. Te venis tempranito a casa, hacemos una comidita rápida y charlamos acerca de esas cosas que crees que son voluntariamente importantes. También date por enterado que nadie sabe de este encuentro, por lo cual, no lo comentes, y menos aún a Aristocles, que sabés que es re celoso de sus amigos, y también sabés claramente que tiene la espalda más grande que nosotros juntos y que nos puede dar masa por mentirle. ¡Él y su estúpida moral!

-Quedate tranquilito que yo no voy a decir nada, además vos ya me conocés – dijo Critón para apaciguar las inseguridades del viejo Sócrates -. Pero hay un problema acá. Todo bien con la cena clandestina que vamos a hacer los dos, dejando de lado por completo a los demás y excluyéndolos de estas charlas que serán valoradas algún día y que a ellos les causará mucho dolor no aparecer en los diálogos que serán escritos, pero… ¿Qué vamos a comer? ¿Vos cobrás por la mayéutica? Yo no tengo un mango, te aclaro.

Ahí fue cuando se presentó la primera vicisitud del encuentro. Sócrates y Critón no sabían qué comer ni cómo resolver tal desdicha. También habían pensado invitar a Jenofonte que había comentado el día anterior que había hecho unos trabajos y tenía unas monedas, pero el silencio y los secretos de estos dos amigos iban a pasar a terceros y las especulaciones historiográficas iban a ser múltiples y hasta erróneas.

-Ya sé – dijo Sócrates rápidamente, luego de haber pensado rápidamente una solución al problema que Critón había planteado -. Pidámosle un gallo a Asclepio que tiene muchos. Dejame a mí la retórica y esas cosas que me lo como crudo, con dos o tres palabras estamos chupeteando los huesitos. Persuade u obedece amigo, sino morirás con la panza vacía.

Cuando Sócrates y Critón resolvieron el enigma, no sin ser menos que Edipo, fueron hasta la casa de Asclepio que se encontraba no muy lejos de donde estaban. La noche estaba por caer y ellos seguían en pie esperando que lluevan animales o alguna de las plagas que aún se desconocían.

-Por Zeus, ojalá que esté – dijo Critón, interrumpiendo las incómodas preguntas que estaba empezando a hacer Sócrates ya por aburrimiento.

-¿Seguís creyendo en eso? – le preguntó Sócrates un poco confundido -. Yo ya te dije que todas esas son blasfemias, vos no le tenés que dar bola porque esas cosas te comen la cabeza. Ya te darás cuenta que todo es ilusorio, tampoco te quiero convencer, y menos aún corromper tus ávidos sentimientos a la libertad de Atenas. Estoy al tanto que protegés con tus entrañas esta tierra, y más aún cuando Esparta no deja de joder, pero el cuentito de Zeus se los cuento a mis nenes.

Sócrates, no sin ninguna pedagogía, dejó en silencio a Critón que casi se pone a llorar. Pero en el momento que él, Critón, le estaba por contestar, llegaros a la casa de Asclepio. Tocaron la puerta y ésta se abrió con un chillido adormecedor. “Asclepio, Asclepio” decían los dos con una voz suave para no despertar si es que éste estaba dormido. Unas repetidas veces de nombrarlo, a lo lejos del comedor, apareció Asclepio con los ojos bajos, con una mirada vaga y un poco cansada.

-Loco, ¿qué quieren ahora? – dijo Asclepio un poco adormecido -. Ya te dije Sócrates que tus vaivenes de preguntas y respuestas no me van para nada, y tu daimon es un mentiroso. Yo ya te lo dije, vas a terminar como Alcibíades, traidor y desterrado, o, peor aún, te van a sentenciar a muerte; y también me he enterado que estás corrompiendo a los jóvenes y blasfemando los dioses, asique quedate manso porque se te va a armar quilombo.

-Yo sabía que ibas a empezar a atacarme Asclepio – dijo Sócrates -. Para mí que vos estás medio enojado por esas cositas que me anda diciendo el oráculo de Delfos, qué se yo, pero en fin. Andamos buscando que nos des algo, y nosotros, sin ser olvidadizos, te lo devolveremos en unos días.

-¿Cuántos gallos querés Sócrates? – pregunto Asclepio, como si ya Sócrates hubiese ido reiteradas veces, y Critón rió a carcajadas al escuchar la irónica respuesta de Asclepio.

Sócrates no sabía adónde meterse ni adónde esconder su voluminosa panza, pero con su mano derecha levantada, señalo con su dedo índice que solamente quería uno. Tenía una acordada y premeditada cena con Critón y aún no sabían qué era lo que iban a comer. También la hora de la cena se acercaba y seguían perdiendo el tiempo con el malhumorado de Asclepio, que no se rebajaba al poco sentimentalismo de Heráclito o alguno de esos griegos que solos deambulaban por los devenires de los ríos.

Asclepio les dijo que les daría solamente un gallo y que a más tardar en dos días se lo tenían que pagar, sino iba a empezar a correr la mora y el interés se les iba a ir de las manos, y Sócrates junto a Critón, entusiasmados, asintieron sin saber de dónde sacarían ese dinero para pagarlo, teniendo en cuenta que el robo y el hurto no estaba tan de moda como en estos tiempos, y menos aún saliendo de una persona como el sabio Sócrates, que apuntaba a la ética y la moralidad racional.

Una vez teniendo el gallo en su morral, y ya caminando a la casa de Sócrates, los dos iban ya saboreando el animal que, hasta el momento, tenía vida. Luego de ello, para no perder el tiempo sin problemas, empezaron a discutir de quién lo mataría y quién lo desplumaría, y Sócrates, como buen sabio persuasivo, convenció a su discípulo Critón de hacer todo el trabajo, para que él pudiera ir probando el vino plácidamente sin hacer ningún trabajo. Una vez llegados a la casa, Critón hizo todo el trabajo que había que hacer, y sudoroso, le pidió a Sócrates un trago de vino, pero este sabio obeso y un poco desquiciado se había terminado todo lo que había. Sabían que el vecino de Sócrates de incierto nombre tenía más de un litro, pero las deudas los aquejaban ya demasiado, por lo cual, Critón se enojó demasiado y casi que se va de la casa del sabio. Sócrates, insoportablemente vivo, convenció nuevamente a Critón de que no se vaya, usando esa incómoda ironía y esas raras manías que tenía de persuadir a cuanta persona se le cruzaba.

Esa misma noche fue muy larga, hasta tediosa, y la conversación que tantas ganas tenían de llevar a cabo se bifurcó a tal lado que Sócrates termino dormido arriba de la mesa, con toda la túnica manchada y con la panza llena. Critón, incómodo y un tanto caliente, pegó un portazo a la choza de Sócrates y se marchó, pateando las plantas que engalanaban la sabiduría del pueblo. Estos dos se volvieron a encontrar dos días después, en el juicio que fue llevado, impertinente, en el centro de la ciudad. Critón, entre Aristocles, Jenofonte, y otros, miraba cabizbajo a Sócrates en el atril intentando defenderse, y el enojo se la había aletargado lentamente. Todo pasó no muy rápido, la sentencia, las decisiones y hasta los llantos, hasta que el viejo Sócrates, olvidadizo, tomó la cicuta que él mismo había decidido ante la presencia de Anito, y se recostó en el mármol que iba a sostener el peso del cuerpo inerte. Ahí fue cuando Sócrates le recordó a Critón que hasta ese día tenían tiempo de pagarle el gallo a Asclepio, y, cuando dijo eso, todos los que estaban alrededor, que eran más o menos unas doce personas, contando a su esposa y unos metiches que querían conocer a la revelación, oyeron las últimas palabras del sabio, y ahí también fue cuando Aristocles, parado a la cabecera, oyó todo y sacó conclusiones de exclusión a su persona antes de que Critón contestase inoportunamente que él recordaba todo y que no se preocupe, y el enojo del mismo Aristocles fue más grande que el dolor de la deserción del sabio griego.

Ovejas carnivoras

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Mi hermano llevaba casi dos minutos quemándose la mano. Mantenía la sonrisa bastante bien a pesar del dolor, aunque cada tanto se le escapaba alguna mueca involuntaria. Tenía firme el dedo sobre el chispero del encendedor y movía la llama en círculos para no concentrar el calor en un solo punto. Gastón sonreía a mi derecha y, a modo de espejo, yo también. Estaba aguantando más de lo que yo pude, pero sabía que no iba a dejarse ganar por su hermana menor.  Empezó a sentirse el olor e hice fuerza para que no me diera náuseas. Me convencí de que no era por la carne quemada, sino por el vello de las manos: al ser hombre lógicamente era más peludo que yo. Duró tres minutos, yo ya contenía la respiración. Menos mal que frenó porque desde el otro lado de la puerta se escuchaba a mamá haciendo cosas y me daba miedo que pudiera entrar a la habitación.

Mi hermano se sentó satisfecho en la cama y se pasó la mano por el pelo. Gastón nos preguntó si nos dio asco y dijimos que no. No expliqué que el vello chamuscado me revolvió el estómago, porque no me iban a creer. Nos quedamos un rato callados, con algún que otro chiste para descontracturar y al final nuestro amigo se fue. Dijo que nos veíamos mañana y, antes de salir de la pieza, se rió y se puso el dedo índice delante de los labios. Recién ahí abrí la ventana para que entre aire. Mi hermano no me retó. El viento de la noche era fresco y respiré animada: mañana era un día importante, el cumpleaños de Gastón. Hacía poco que nos conocíamos, su familia se había mudado al barrio a principio de año, pero nos llevábamos bien. Iba al mismo grado de escuela que mi hermano y como empezó a venir a casa yo los seguía y de a poco me dejaron andar con ellos. Eramos, según lo que decía y se podía ver, sus únicos amigos. No era particularmente extraño, tenía una actitud normal, salvo que tenía una diferencia visible con el resto: era gordo. Aunque no demasiado, sólo bastante fornido en comparación con el resto de chicos, y adultos en verdad, que conocíamos. A él no se le notaban las costillas como a mi hermano y a mí y, cuando usaba remera ajustada, se le llegaba a ver una panza blanca asomando. El ombligo parecía un tercer ojo que te miraba fijo, me daba impresión. Cuando alguien le preguntaba decía que tenía hipotiroidismo. Yo no sabía bien qué era eso, sólo que la abuela Marta lo había tenido y era enorme. A nosotros nos dijo la verdad. Primero parecía una mentira delirante, después nos asustamos un poco, pero cuando mi hermano estuvo de acuerdo yo le hice eco. Ahí empezamos a practicar la tolerancia, hace unos meses.

Esa noche, mientras cenábamos, yo no podía dejar de pensar en el cumpleaños.  Papá se quedó trabajando en el taller, según lo que dijo mamá, y todo estaba más silencioso de lo habitual. Mi hermano no habló en ningún momento, se limitaba a revolver con desgana la polenta. Se había tapado la mano con la manga de la camiseta. Yo tampoco tenía hambre de eso, como me pasaba siempre, porque hacía mucho que comíamos lo mismo. El engrudo, le decíamos con los chicos en el barrio. Se comía siempre: en el día a día, en las fiestas, en los cumpleaños. Era todo lo que había. A veces nuestros padres, también hartos en silencio, preferían dejarlo pasar y tiraban el día tomando mates.

Me fui a dormir temprano. O traté, al menos. Me pasé algunas horas dando vueltas en la cama y tratando de no pensar, de no sentir el olor. Me chillaba la panza. Me acuerdo de que soñé con una navidad, cuando era chica. Estábamos en la casa de un tío, que vivía en un pueblo del interior, y la tarde era calurosa y anaranjada. Todos nos reíamos, mi tío y papá hicieron un asado en una parrillita del patio, mientras mamá y las otras mujeres preparaban ensalada. La abuela me enseñaba a jugar al truco. Lo que más me llamó la atención fue acordarme de los perros. Eran dos, y creo que ninguno de raza, pero eran lindos. Hacía mucho que no veía a uno, fueron los primeros en desaparecer. Me desperté llorando. Me acaricié la mano y me calmé.

Fue una eternidad esperar a que Gastón nos pase a buscar para ir a la casa. Para la tardecita mi hermano y yo andábamos enloquecidos. Yo me peinaba impulsivamente cada cinco minutos, él salía a la vereda y miraba a la esquina con cara de abandono. No nos había dicho una hora fija, sólo “después de las cinco”. Por eso no puedo explicar la alegría que nos sacudió cuando escuchamos la bocina: salimos corriendo sin darle un beso a mamá y nos subimos a la parte de atrás del auto. El padre de Gastón nos saludó. Era la primer presentación formal, pero ya lo habíamos visto una vez en el velorio de la tía Irma. Trabajaba en la funeraria, por eso nos fue más fácil creerlo. Nos habló con amabilidad y arrancó el auto. Yo vi la sonrisa de Gastón por el espejo retrovisor. Mi hermano miraba por la ventana y se masajeaba la mano. Después de algunos comentarios casuales el hombre nos preguntó sí teníamos hambre. Lo noté nervioso, pero vi que Gastón lo miraba con disimulo y ahí se relajó.

Desde la parte de atrás del auto, con el olor a carne quemada renacido en las fosas nasales, dijimos que sí. Y sonreímos.

Informe sobre la luz mala

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Hacía como dos años que casi nadie del pueblo iba al otro lado de las vías. Se habían enmarcado los rieles metálicos y abandonados como el precipicio del mundo habitable. Cruzando la línea quedaba la quinta del viejo Ledesma, que se la pasaba sentado al frente del rancho jugando al solitario en calzoncillos. El rumor se despertó despacio, con los ojos llenos de lagañas, pero a las semanas ya estaba despabilado. A la noche se veía desde el campo, bordeando los alambrados y saltando el lomo a las vacas, una luz que se movía apurada. Se estaba mayormente de acuerdo en que era blanca, pero una minoría, integrada casi totalmente por hinchas de Independiente, aseguraba que era roja. Sí se le preguntaba a Ledesma qué pensaba o sí tenía miedo, él contestaba que la única luz mala era la de los patrulleros de la policía.

Ya nadie hablaba con el viejo, porque estaba medio loco, sus reacciones estaban acostumbradas a caracterizarse por ser gritos aunque con algún bastonazo perdido, y encima cebaba mates lavados. Salvo Gustavo, que sería algo así como el periodista del pueblo. Quien haya vivido en un pueblo, o visitado a una tía que vive en uno, sabe que allá no son necesarias las profesiones delimitadas y que las comunidades chicas se mueven en un Factotum bastante práctico. A Gustavo se lo consideraba notero porque desde pibe fue seducido por el velo de los desconocido, viendo conspiraciones hasta en las cunetas, y porque cuando salía de trabajar de la ferretería tenía un programa de radio. El Cuarto tipo, se llamaba el segmento y contaba con una modesta audiencia constituida por los viejos que jugaban al truco en el bar de Luís; siempre que no estén transmitiendo un partido en la radio. No se precisaba más título.

El periodista fue quien comentaba, cuando la novedad del chisme era un vendedor de puerta en puerta, sobre la luz mala. La aparición en sí no era un problema; porque en las noches de tambo del interior de la provincia se acostumbraba a ver a Mandinga quitandole la inocencia a una oveja, por ejemplo. El asunto es que la quinta de Ledesma, punto de las apariciones, era considerada históricamente la Villa Cariño. La estratégica ubicación de un laberinto de plantas y yuyos era el lugar justo para que todas las generaciones, desde la fundación del pueblo, se acostaran ahí. Al principio a nadie le importaba: ¿qué drama había en que una luz del color que sea te alumbre un poco el culo?, la gente seguía yendo. Pronto, sin embargo, vino lo desconocido. Ser visitado por la luz mientras se tenía relaciones implicaba una disyuntiva segura: una impotencia sexual prolongada o un embarazo inmediato sin importar el método anticonceptivo usado.

La clausura de Villa cariño trajo consecuencias inmediatas a la estabilidad social, que fueron relatadas en El Cuarto tipo, mientras sonaban canciones de Sumo de fondo. Al ser el único sitio de encuentro para la mayoría de los jóvenes y amantes secretos (el hotel más cercano estaba a 66 Km. agarrando la 22), hubo un desborde hormonal impactante. Una multitud de adolescentes causando disturbios por el exceso de energía acumulada, lo que implicó un refuerzo de la seguridad policial y una disminución en los fondos dedicados a las pocas actividades culturales. Se registraron muchas lesiones masturbatorias y un aumento del exhibicionismo notorio.

Gustavo hablaba con el jefe de la seccional, visitaba al viejo a riesgo de que le pegue un tiro de carabina y hacía entrevistas al Grupo de Adolescentes Impotentes y Unidos. Otro inconveniente es que, pese a la dedicación, nadie le daba mucha bola. Era el flaco medio raro del pueblo y la creencia común descansaba en que su búsqueda de lo desconocido tenía más que ver con un intento desesperado de llenar el vacío de la propia soledad. Cuando en una conversación salía el tema del abandono de su padre, poco después de que falleció su madre, él decía entre risas que había sido abducido. Nadie sabía delimitar bien las fronteras de la broma en esos casos y la situación se ponía incomoda. Para peor, el dueño de la transmisora le dio una fecha límite: o levantaba un poco de audiencia o le cancelaba el programa porque el país no está para hablarle a radios sordas.

Fue la última semana del pasado mes, cuando ya eran comunes las marabuntas de jóvenes y el asunto ya había sido olvidado hasta por Gustavo, que el viejo Ledesma cayó en la comisaría llorando. Dijo que quería que lo metan adentro y que iba a confesar cualquier crimen no resuelto del pueblo. Ahora está en el geriátrico jugando al solitario empastillado. Cuando allanaron la casa encontraron en el baño, al lado del bidet según el cabo Ramírez, un grupo de reflectores. El comisario explicó que seguro el viejo los usaba para que la gente no se revuelque en su propiedad, y dicha conjetura fue reforzada por la opinión del psicólogo del pueblo, también conocido por ser dueño de Fletes López, que aseguró que la supuesta impotencia se daba a un estado de sugestión causada por el mito y los embarazos a un olvido, y posterior mentira, de los muchachos de ponerse el preservativo ante la sorpresa y agradecimiento de la misteriosa sincronización de planetas que permitió que “se les dé”. Aunque con la reapertura de las habitaciones de pasto y tierra, con vista a las constelaciones, algunos enamorados dicen que después de arrestado Ledesma aún se podía ver la luz; pero media atolondrada, casi borracha, y con una lumbre enferma de lámpara con poco aceite. La policía descartó esas declaraciones porque ya estaban cansados y las tomaron como un intento de resucitar la habladuría a falta de una nueva.

El sábado siguiente a la resolución del caso, para celebrar el último programa de El Cuarto tipo (y con suerte renovar el contrato), Gustavo dio un especial de su propio punto de vista del desarrollo. Explicó que lo más probable es que la luz respondiera a una manifestación vagabunda y apenada de Doña Ledesma, quien había supuestamente abandonado a su marido y vuelto a Tucuman sin previo aviso. Eso indicaría la necesidad del viejo de entregarse, presunto asesinato doméstico, y la regular desaparición de la luz. Además, la policía omitió que al revisar la casa se encontró una partida de Escoba a medio jugar, hecho inexplicable si se contempla el conocido aislamiento de Ledesma. Las irregularidades sexuales podían ser perfectamente una consecuencia de que Doña Ledesma, en vida, no podía tener hijos. La teoría de Gustavo, sólida y con un entramado argumental tejido cuidadosamente, habría dado que pensar a la comunidad sobre una posible atrocidad cometida, como así también sobre las evidencias de que la muerte es sólo el peaje más costoso del viaje, pero que está en la entrada de ese destino inmenso e incomprensible al que nos dirigimos.

Lamentablemente, nadie escuchó el último programa porque ese día Racing salió campeón.

***

Dedicado a ese cúmulo de historias con personajes extravagantes que es mi pueblo natal, y cualquier pueblo, donde la literatura no tiene, ni necesita, más difusión que los chismes en el almacén o en la fila del banco. Donde no es necesario construir personajes porque ya están caminando en las calles, narrando tramas de la cotidianidad, llevándolas al borde de la imaginación, y novelando las vidas de sus vecinos. Por el realismo mágico de su lógica, donde un acontecimiento minúsculo se transforma en una especulación infinita que golpea las puertas de lo desconocido y lo absurdo. A esa biblioteca de géneros interminables que el tiempo no me da permiso para volver a visitar, para sumergirme en sus páginas, pero que nunca dejé de leer ni, pasados los años, empezar a agregar yo mismo otros ejemplares a sus estanterías.