Nana – chuck palahniuk

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Sí quieren ci-fi, a leer Asimov, Dick o alguna propuesta electoral.

No sabía qué esperar de Nana y, un poco peor todavía, venía con falta de convencimiento. Andaba flojo de ideas respecto a qué leer (no tenía ganas de seguir la lista de pendientes) y tuve un antojo con Chuck. Una calentura, bah. En parte porque la otra vez volví a ver El club de la pelea y tenía una deuda con el autor. Siempre me había rascado la curiosidad, pero nunca me animé. Nunca me dieron ganas, en realidad, hoy día sólo me asustan las boletas de la luz.

Había acumulado un rechazo injustificado a chuck (no pienso aprender a escribir el apellido, ni siquiera un copia y pega) porque hace unos años, mi ex-compañero de departamento (ex-amigo, ea) se había subido al cohete de culto a este hombre-imán de gente “under”. Los únicos y diferentes de toda la vida, vamos. Y como por aquella época, producto de una feliz convivencia, yo tenía la costumbre de alejarme de los gustos de este muchacho pretérito, ahí quedó el “anarquista” literario.

Ahora que las secuelas de ese contrato anulado quedaron en el tiempo, y a recomendación de mi psicóloga, y maestra de bonsai, podía permitirme ver qué tal ese mundo ignorado. Así, mi rechazo injustificado se convirtió en… un rechazo justificado. Parecerá instrascente la transformación; la opinión en la misma pero, a diferencia de un porcentaje alto de la población mundial, me gusta tener eso que se llama “argumentos” para tomar decisiones. Prueben, es adictivo.

Una tarde lejana, hace dos domingos, aprovechando el milagro ese del “tiempo libre” decidí que era hora de leer algo. Me acordé del pendiente y pensé que mal no estaría hojear algo ácido, inteligente y poco convencional. Busqué un par de reseñas del buen Chuck, viendo qué obra me llamaba más y Nana le ganó a un par de novelas random del autor. ¡Eureka! Acá es cuando comienza ALERTA SPOILER mi descenso a la decepción.

“A Carl Streator, periodista de mediana edad, le han encargado que escriba una serie de artículos sobre la muerte súbita infantil, un tema que le resulta familiar pues él mismo perdió a su hijo en circunstancias extrañas. En el transcurso de la investigación descubre que en todas las casas donde ha muerto un bebé (o un niño, o un adulto) hay un ejemplar del mismo libro: una antología de poemas africanos que contiene una nana letal. Esta canción mata a aquel que la escucha; de hecho, su poder es tal que ni siquiera es necesario recitarla, con tan solo memorizarla y odiar a alguien intensamente, cae fulminado. Helen Hoover Boyle, agente inmobiliaria especializada en vender casas encantadas, también tenía un hijo que murió en circunstancias similares al de Streator. El periodista y la agente inmobiliaria emprenderán, acompañados por la secretaria de Helen, Mona, aficionada al esoterismo, y el novio de esta, Oyster, un ecologista ultrarradical, un viaje por carretera con el fin de destruir todos los ejemplares del libro y encontrar el grimorio original del que procede el hechizo. Con Nana damos la bienvenida a una nueva familia nuclear, un grupo disfuncional hasta extremos arrebantes. Y a una hilarante alegoría sobre la información y el poder.”

Con una premisa a lo Death Note, tenía interés en el desarrollo de la trama tan extravagante, así que me subí al carro. Siendo virgen respecto al autor, la incertidumbre y las (para entonces) buenas expectativas le jugaban a favor. Incluso al principio con la presentación de Helen y luego la de Carl, me convencí de lo que venía era bueno. Esa presentación de personajes, y la forma de narrarlas, daban para un excelente relato o, en este caso, una buena novela. Allá se ve la pared.

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The one i love – Charlie McDowell

 

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Aprovechando las vacaciones de invierno, que no laborales pero sí académicas, ando tentado de jugar a la nigromancia y tratar de devolverle un poco de vida al Blog. Pretensión que requiere un tiempo desdoblado: primero, poder disfrutar a conciencia de un visionado/lectura en cuestión y, después, escribir al respecto. A ver si mantenemos el pulso.  

The one i love es, en términos generales, lo que tenía ganas de ver. Una producción modesta en escena y recursos que avanza dialécticamente por fuerza del guión y los protagonistas. Desde que vi 12 angry men siento una fascinación por el cine, las historias en realidad, que transcurren en un solo escenario, o un número muy reducido, y un plantel de personajes escaso pero potente. Todo el magnetismo de la obra se basa en sus elementos más básicos: dirección, fotografía, banda sonora, interpretaciones, trama, etc. No hay ornamenta. Cada tanto me dedico a buscar y disfrutar de este tipo de, hoy en día, subgénero. Por supuesto, que me guste esa estructura no es condición sine qua non para que la película que cumpla dichas características sea buena o me enganche.

A grandes rasgos, el argumento inicial de The one i love es tan sencillo como esto: Ethan y Sophie, una pareja con problemas recurre a un terapeuta para salir adelante, al tiempo que se insinúa en la sesión una infidelidad pretérita del marido que funciona como gatillazo del conflicto; al ver que no hay forma de hacerlos concordar en nada, el analista les recomienda pasar el fin de semana en una casa de campo con la promesa de que toda pareja potencialmente homicida que mandó al lugar vuelve renovada. Esa es la sinopsis oficial y uno piensa “qué dramón”. El gusto va al descubrir que la susodicha sesión sólo es la introducción de unos diez minutos y cuando queremos darnos cuenta los protagonistas están llegando a la casa de alquiler donde, sonrisa dibujada en mi boca, transcurre el resto del film.

Es a partir del arribo de la pareja cuando la trama se desvía hacia su verdadera intención: hay una casa de huéspedes en la misma propiedad donde al ingresar por turnos se encuentran con una versión alterna de su cónyuge. El sentido del film se tuerce en una fábula de realismo fantástico (prefiero definirlo así, porque a pesar de que se la cataloga como ciencia ficción, el concepto de ci-fi va por otro lado) que sirve para diseccionar los deseos y sentimientos de los personajes.

El acierto está en que después del malentendido inicial, y la consecuente armada de valijas para irse al descubrir lo extraordinario de la situación, Ethan y Sophie deciden quedarse para explorar. Quién está completamente encantada con la idea es ella; después de todo su esposo alternativo es todo lo que espera: elocuente, atento, más cool, etc. Puntos a favor para Mark Duplass que efectivamente parece que los dos Ethan son personas completamente diferentes pero manteniendo la identidad esencial; como el desenlace de un mismo tipo de acuerdo a diferentes circunstancias de vida. Elisabeth Moss, sin ser menos, la tiene más fácil porque sus versiones tienen menos matices, dando protagonismo a la Sophie “real” y su interacción con sus dos maridos, siendo su alterna un complemento más que otra cosa. Seguir leyendo “The one i love – Charlie McDowell”

Dos más dos igual a cinco

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No, con el título no estoy citando de forma indirecta a 1984 de Orwell. La frase nos remite a esos momentos, cada vez más comunes, donde la confianza en la racionalidad del mundo nos abandona. Cuando uno es pibe, cree con convicción que la realidad es un lienzo con hebras perfectamente entramadas donde ningún detalle es accidental. Todo es como debe ser. Después, por alguna experiencia furtiva y con un poco de materia gris, arrancamos a sospechar que la coherencia nos abandona a la primera de cambio: de ahí que el hombre ha edificado desde siempre normas y regularidades para esconder con vergüenza la falta de storyboards en la narrativa universal. Se va viendo sobre la marcha. Desde hace rato tengo esto muy claro, pero cada tanto algún recordatorio de las subjetividades ajenas me golpea para que no delire con universos estrategas. El último aviso fue respecto al mosaico social: la adición de perspectivas determina, digamos, todo. Ejemplifico con un incidente superfluo:  

  El hecho de fumar puchos armados que, principalmente, es más barato y además implica que fume menos porque el proceso hace que la fiaca le gane la pulseada a la abstinencia, sumado a que lo hago generalmente en el balcón del departamento alquilado en el primer piso (algo así como la decencia humana ante la intolerancia de mi compañera al humo. Empatía, le dicen) resulta en que la gente que vive y transita en un radio de dos manzanas a la redonda crea que vivo drogado. No hay en el barrio quien no piense que sólo respiro marihuana. En la antípoda de ser alguna paranoia personal, para serlo tendría que importarme la cuestión, hubo evidencia recurrente que cayó en diferentes días:

  • Un cartonero que pasaba con el carrito por la calle me gritó “ehhh, ese pega”. Me reí.
  • Un flaco que esperaba en la fila del rapipago, que está al lado de mi edificio, me vio y, sonriente, me levantó el pulgar en lo más parecido que vi en mi vida a un gestito de idea de Carlitos Bala. Le devolví la sonrisa.
  • Un empleado municipal que pasó recién por la vereda me gritó algo al respecto que no entendí mientras se reía. Le dije que había que cortar la semana.
  • Ahora sospecho que la vieja que baldea al frente todas las mañanas no me mira mal porque soy morocho y sigue esperando la conformación de un nuevo orden mundial Ario, sino que me ve como la prueba de una juventud perdida entre drogas, rock y carreras humanísticas. La saludo con la mano cada vez que la veo.

  Alguna se me habrá olvidado, y todo en el lapso de, a lo sumo, una semana. Acá tengo que aclarar una cuestión: no es algo que me importe como apreciación subjetiva de mis vecinos hacia mí, pero tiene valor teórico. La pauta de que si alguien quisiera, cosa inútil y absurda, crear una imagen pública decente sería inaplicable: la gente ve lo que quiere (es decir, lo que puede ver a través de la persiana de sus prejuicios y pre conceptos) y nada más. No hay escape; el mundo, y por ende cada habitante, responde a algún estereotipo establecido someramente del cual sólo hace falta leer por encima las características generales para poder encasillarlo. Lo que importa es el marco, los detalles son secundarios.  

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  El peligro principal del célebre sentido común, ése terror de las doctrinas, es que barre en una pasada los matices. Para no entrar en un análisis macrocósmico del asunto (que no es mi intención, me excede y me aburre) volvamos al tema del pucho. Ahí, en el balcón hay un flaco que vive fumando marihuana. No hay grises: la apreciación borra la diferencia fundamental entre prender un cohete cada tanto para desconectar y patear el enchufe a la mierda. Ahora, trasladamos ese hábito a asuntos importantes y… el resto es historia.

   No todo es desesperanza, lectores inexistentes, porque así como Hollywood ve en cada mal guión un éxito de taquilla, uno puede aprender a sacar provecho de estas desviaciones Darwinianas. Después de alegrarme la tarde el descubrir las teorías conspiranoicas de la gente sobre mi mal hábito, caí en la cuenta de algo que nunca se me cruzó por el bocho: siempre me sentí un voyeur que desde el balcón observaba, cual dios griego desocupado, la labor de hormigas de los peatones, invisible a sus ojos de insecto. La realidad es que cualquier hijo del vecino me ve colgado y en patas desde cualquier ángulo. “Primer piso”, murmuré iluminado. Después, y más importante, todo volantazo del curso común de los acontecimientos, por minúsculo que sea, es de donde surge  la inspiración. Mi musa es el pueblo, ¡y ahora el pueblo me ve! Me gusta escribir sobre cotidianeidad, el hombre de a pie, la magnífica intrascendencia. Seguir leyendo “Dos más dos igual a cinco”

Las aves se desperezaban sorprendidas

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Por Pucho Húmedo

El presentador del noticiero nocturno jugaba al ventrilocuismo. Parte del aura del romance, aprendido en las novelas vespertinas con las que se indigestó en su pubertad de provincia, implicaba bajar el volumen del televisor. Otro ingrediente, fundamental de la escenografía, era la tenue incriminación de las velas; aunque no le convencía que fueran rojas, pero las del Gauchito Gil estaban de oferta ese día. A él no le iba a importar. Para terminar, ella estaba posando en la cama, que en realidad no era más que un desparramo injustificado, con un camisón blanco traslúcido. Era la prenda justa para mediar entre la sensualidad ingenua y la intención de esconder, como mugre abajo de la alfombra, las imperfecciones del cuerpo: un buen eclipse de esos kilos inmigrantes y la cesárea ya prehistórica. Al final se sentó apoyada contra el respaldo, porque su imágen anterior en el espejo del armario le hizo pensar en una monja atropellada. Nada excitante, querida, murmuró.

  Miraba al techo con los ojos achinados, porque la paciencia del reloj o la vacía inmensidad de la ventana de su segundo piso la ponían ansiosa. Ya iba a llegar. Él, que movido por la aventura más que por la prudencia, la visitaba desde la altura, después de trepar por la planta del patio que crujía como si encarnara a una vecina chusma dispuesta a delatarlos. Cuando su marido archivaba junto con formularios la juventud de su mujer en la esterilidad de la oficina o, seguramente, se dedicaba con los otros cerdos trajeados al saqueo de vírgenes secretarias para perpetuar la piratería urbana. Sabía bien los andares de ese hipócrita, antes de caer ella en el mismo espiral, no más botín que unas veinteañeras, no más velero que un Haudi cero kilómetro.

   En cambio él, tan diferente, escapaba a los formalismos mentirosos de la realidad y se reía cada vez que ella le decía “su amante”. Prefería el orgullo de la etiqueta popular, el pata de lana, una especie que el prestigio social se negaba a reconocer o clasificar por ser impuros. Una cofradía de especialistas subestimados que vivían en una mentira más verídica que todos los empresarios. Incluido su esposo, claro.

  Esta vez, cosa rara, estaba llegando tarde. O capaz que su reloj biológico se había acelerado demasiado y estaba en disonancia con la universalidad del tiempo. a lo sumo, se convenció, andaría a unas dos cuadras. En cualquier momento iban a brillar sus dientes en la negrura de la noche. Otra vez iba a venir para rescatarla de ese planeta de oficinistas y, éste pensamiento la fascinaba, si era posible que haya sonido en el espacio… tenía que ser un gemido suyo. Cada vez más húmeda, pensando en su hombre de otro mundo, ese cartero tan ajeno a su ecosistema de realidad artificial, se acurrucó en la cama. Le dio gracia imaginarse que en su excitación, los pezones estaban tan duros que iban a descoser la tela del camisón. ¿Cómo se lo explicaría a la costurera del barrio?

  Poco iba a sospechar casi dormida, que al amanecer los pájaros exiliados en su canaleta, después de descontracturar el cuello matutino, iban a encontrar en el patio una rama caída junto a un tipo con el cuello roto.

***

Por Romanticidio

Sus manos sucias y su rostro entumecido por el frío, su ropa manchada con salpicadura de pintura, su cuerpo cargado de cansancio luego de una larga jornada laboral. Enrique buscaba en su bolsillo el encendedor mientras el cigarrillo esperaba ansioso en su boca. Sus ojos escrutaban, en tanto, los rostros de los anónimos que, junto con él, esperaban el colectivo. Algunos con rostros cansados, de miradas aburridas, que con con una nostalgia tácita observaban ese muro invisible de pensamientos retrospectivos que funcionaba de muralla distanciador entre ellos. En ese escenario gris, conocido de la rutina diaria, Enrique recordaba haber dejado el encendedor sobre uno de los tarros de pinturas en su lugar de trabajo. La angustia le subió por el cuello, desde el pecho, hasta la garganta: “La puta que lo parió” dijo en un grito. Los oyentes sorprendidos lo miraban, pero sin darle la mayor de las importancias, ni siquiera la más mínima, se desperezaban de su propio aburrimiento, sorprendidos de aquel sujeto que con rostro amargado guardaba el cigarro, y como quien obedece a un ser superior, el de su propio universo interno, regresaba su camino en el más de los lúgubres silencios.

 

Olor a perro

 

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Por Romanticidio

Se llamaba Lucía, su nombre es irrelevante para la historia que aquí se narra, pero el halo sentimental que este me transmitía era y es de suma importancia para mí. Siempre la veía corriendo por el parque, todas las mañana era su característico ritual y en ese mismo lugar fue donde la conocí. Fue hace ya varias semanas de eso, desconozco el día, ni siquiera sé la hora, era quizás por el mediodía, un tanto después de que salieran los colegiales de la escuela dominical en frente del parque. Ella iba con sus amigas, a quienes yo tomo por sus amistades ya sea por sus risas cómplices y sus rostros confidenciales. No sabría decir si todo lo que he supuesto de ella es una certeza sostenible pues jamás he mediado una comunicación con ella. Mucha de la información la he obtenido de escuchar sus conversaciones, como su nombre, quizás he elaborado una imaginaria identidad de familiaridad con ella. Yo, en cambio, no existía para ella, de la misma manera que no lo hacía para el resto de los transeúntes diarios del parque. Mi ser se movía como una sombra habitual por aquel paisaje verde y de gris cemento. Los niños eran los únicos que percibían mi existencia y quienes entre un miedo inocente y una ternura generosa me dirigían una sonrisa llena de empatía. Pero todas esas cosas para mí eran irrelevantes pues mis ojos y mi mente sólo existían para pensar en Lucía y para maravillarme de su presencia. Esa persona quien salía a correr todas las mañanas, con su cabello negro recogido y sus oscuros ojos sumergidos en un profundo ensimismamiento. Mi vida se veía resignificada en ese orbitar que mi ser hacía alrededor de ella. Mis pensamientos se dedicaban a imaginar, con el sueño y las esperanzas de un loco, el dichoso momento en que ella me vería y que en ese instante decidiera que su vida se hallaba unida a la mía, tanto como la mía se hallaba unida a la suya. Pero como si el esperanzador sol dependiera de la oscura y temible tormenta, un día el más importantes de los hechos de mi corta vida se hizo suceder. Yo no me animaba a decirle algo, no me animaba a hacerle ver mi existencia pues yo, quien huelo como un perro y que soy como un fantasma del parque, no podría sino despertar el horror en ella. Pero entonces ese día, una mañana en una de sus típicas rutinas, vi como concentrada en cumplir en su camino en un trote rítmico y constante, no vio el coche, que por esquivar mi molesta existencia en medio de la calle, embobado viéndola a ella, terminó sobre el parque y sobre ella; entonces ladré, ladré con toda mi alma.

 

***

Por Pucho húmedo

La cachetada de la desesperación, ésa que te deja los dedos marcados en el alma, lo golpeaba con una ironía que retumbaba con la fuerza del chiste. Por eso, cuando el semáforo se puso en verde y recién iba por la mitad de la calle, no pudo más que hacer un trueque entre las lágrimas de rabia fresca con una risa parida en la irrealidad momentánea. La abrumación, que ni siquiera se le había despertado en el velorio del viejo, asomaba extemporáneamente ahora. Qué vida tan poco sublime, pensó, mientras una de las botamangas del jean le flameaba enloquecida.

  Cuando alcanzó la vereda, con un esfuerzo hiperbólico para tan poca distancia, se apoyó en la ventana de un bar para inflar los pulmones y bajar el color de los cachetes. El licuado de adrenalina, cansancio, vergüenza e incoherencia era ajeno a la temperatura de julio; el cuerpo tan indiferente al frío le transpiraba como en un cinco contra cinco. Otras épocas, se acordó, y torció la jeta: la sonrisa de un boludo.

  Las ganas de arrancar luchaban con la indisposición física. ¿Cómo iba a obviar a los habitantes de bar? esos espectadores de su tragicomedia. Demasiado tenía con los peatones que eran incapaces de tragarse las carcajadas. Ni la moral los atajaba. Pero qué culpa iban a tener: ahí “parado” poco tenía de la elegancia de un flamenco o algún otro bicharraco equilibrista. Empezó de nuevo, pero al cuarto o quinto salto la innaturalidad del andar le puso la traba. Más humedad en las axilas, más cerca de la rídicula animalidad, al borde de ser un perro de la calle. Así lo miraban y, después de todo, el olor no le faltaba.

  Como una provocación, el taxi del que había bajado hacía menos de cinco minutos frenó en una luz roja. Se rió: sesenta metros de saltos escénicos hasta el asiento donde, junto con la dignidad, se olvidó la muleta de aluminio.   

 

Memorias Perdidas: 12 – Carta Póstuma (Parte IV)

La luna ha llorado, los mares han gruñido al cielo ajeno, los dioses antiguos han muerto y sus estrellas no son mas que fantasmas. La Tierra desolada, envuelta en las sombras de la incertidumbre, gira en su danza cósmica por siempre jamás; nuestras esperanzas se han marchitado sobre nosotros y el corazón de los hombres se ha vuelto de carbón. El canto de las sirenas ante la catástrofe que se avecina inunda las almas de los desdichados. Los ángeles están de luto, hoy visten el negro. El fin se acerca, como un ladrón a través de la noche; el fin soy yo.

Anónimo


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Memorias Perdidas: 11 – Carta Póstuma (Parte III)

La fe no se trata de la esperanza hacia algo que existe ajeno a nosotros, a algo más allá de nuestra experiencia inmediata, sino que es la irresoluble manera en que el universo se comunica, pues es este quien cree en nosotros. Nosotros somos el eco de algo y eso nos llama. Siempre nos está llamando. En esta afirmación no estoy explicando el objeto de la creencia, sino la fuerza que nos mueve a creer. Esta fuerza funciona como un imán que atrae todas sus partes, dado que todas las partes que por fuerza de la materialización fueron separadas en esa creencia se vuelven a unir, es un deseo innato que se deforma en los contextos culturales en forma de instituciones religiosas que se han desviado del camino primordial de la unión. Algunos sostienen que esta fuerza es simplemente el miedo a estar solos, sería entonces el temor lo que mueve a la fe, el miedo a la soledad tanto en la vida como en la muerte. Lo cual no es errado del todo, pues ese miedo a la soledad, no es otra cosa que el miedo a no volver a la unión original. Pero al final todo volverá a ser lo que siempre fue.

Fragmento de La Profecía del Suicidio, autobiografía escrita por el joven alemán Gerhart Schmidt de 19 años en el año 2029, que tras la finalización de la obra el autor se quitó la vida. Seguir leyendo “Memorias Perdidas: 11 – Carta Póstuma (Parte III)”